Por qué la carretera hídrica submarina no es una opción, desde el punto de vista científico.

Hidrólogo Pablo Garcia-Chevesich, responde a economista, Felix Bobliolo (creador de proyecto de carretera submarina que promueve el entubamiento y transporte de agua hacia las regiones del Norte del Pais) sobre la factibilidad de su proyecto, desde el punto de vista científico.

Señor Director,

Pablo A. Garcia-Chevesich, Ph. D.
Hidrólogo (cientifico)

Agradezco mucho la carta de don Félix Bogliolo (publicada el 13 de marzo en El Mostrador), pues es bueno que se generen discusiones en torno a qué debemos hacer hoy como país para solucionar los problemas hídricos de mañana (problemas que ya tenemos y que debimos haber solucionado hace una década). Como expresé en mi carta anterior, mis palabras no fueron como científico, sino como persona (hidrólogo), en base a mis conocimientos y experiencia personal en el tema. Sin embargo, a petición del señor Bogliolo, escribo estas líneas refiriéndome específicamente a su megaproyecto, esta vez como científico. También resalto mi admiración por este economista extranjero, por su entusiasmo e incansables esfuerzos destinados al impulso de su idea de transportar inmensas cantidades de agua desde zonas húmedas de Chile a regiones en donde el recurso escasea, por medio de un ducto submarino, idea que ha propuesto no solo en nuestro país, sino también en California.

Me gustaría comenzar con un punto importante respecto a mi última carta, el cual al parecer no fue captado por el señor Bogliolo y que enfatiza que antes de comenzar a pensar en importación de agua en cuencas, lo primero que debemos hacer es aplicar tecnologías y técnicas existentes que faciliten la eficiencia hídrica, sobre todo en la agricultura; vuelvo a mencionar la inmensa relevancia del uso de hidrogeles en dicho rubro, los cuales pueden disminuir el riego a niveles inimaginables y que también incrementan de la tasa de crecimiento del cultivo (e.g. Puocy et al., 2008; Ekebafe et al., 2011; Narjari et al., 2013; Villanueva, 2015; Ahmed, 2015, entre muchos otros). La eficiencia en el riego es gran parte de la solución, y si se aplica bien (junto con otras acciones mencionadas en mi carta), podría hasta no ser necesaria la importación de agua en muchas cuencas de Chile.

“Al respecto, el megaproyecto del señor Bogliolo cae dentro del rango de la gran agricultura (con un flujo de 90 m3/s), pese a que una pequeña porción se destinaría al consumo humano (6 m3/s), industria (12 m3/s), y un volumen no especificado se destinaría a la recarga de acuíferos y embalses”

Pese a lo anterior, y bajo la hipótesis de que tomemos la absurda decisión de no ser eficientes en el riego agrícola, supongamos que sí debemos realizar importación de agua en nuestras cuencas. En tal caso, es importante recalcar que dicha opción es considerada como última alternativa, pues es la más dañina en términos económicos, ambientales y sociales, según numerosos estudios, entre los que destacan la reciente publicación de Vargas et al. (2020) en Nature Sustainability (una de las revistas de mayor impacto científico que hoy existen), en donde se refieren específicamente al caso de Chile. Sin embargo, debemos aceptar el hecho de que el agua en nuestro planeta está distribuida en forma geográficamente desigual, a lo que sumando un exceso en el consumo y los efectos del calentamiento global, la necesidad de transporte del recurso se podría justificar, sólo en algunos casos. Shumilova et al. (2018) desarrolló una completa revisión mundial de los megaproyectos de transporte de agua (incluyendo los que se planean desarrollar), concluyendo que hasta el momento existen al menos 34 megaproyectos en funcionamiento en el mundo, mientras que 25 se encuentran en etapa de construcción y 51 en tramitación política (i.e. no se sabe si se realizarán o no). De realizarse todos estos proyectos faltantes, el volumen global de agua transportada alcanzaría cerca de dos mil km3 por año, completando una distancia lineal de más del doble de la circunferencia ecuatorial de nuestro planeta. De los 76 megaproyectos que aún no se concretan, más de la mitad (42) están destinados a satisfacer a la gran agricultura, y otros diez combinan el riego agrícola con la generación hidroeléctrica. Curiosamente, también se planean megaproyectos para la restauración de ecosistemas (como podría justificarse perfectamente para el caso de Aculeo, un valioso ecosistema que se secó en gran parte gracias a la gran agricultura y que se debe recuperar). Al respecto, el megaproyecto del señor Bogliolo cae dentro del rango de la gran agricultura (con un flujo de 90 m3/s), pese a que una pequeña porción se destinaría al consumo humano (6 m3/s), industria (12 m3/s), y un volumen no especificado se destinaría a la recarga de acuíferos y embalses.

Laguna de Aculeo, regiòn Metropolitana


Para poner las cosas en perspectiva, los megaproyectos a nivel mundial se han construido para transportar un volumen anual que va desde 0.06 a 51 km3 de agua, siendo la media mundial sólo 2.2 km3/año. Los primeros lugares los ocupan el Proyecto James Bay en Canadá (51 km3/año) y el proyecto australiano Goldfields (33 km3/año). Según lo expresado por el señor Bogliolo en su carta de respuesta, su controversial proyecto podría transportar sin problemas hasta 1.000 m3/s, es decir, 31.5 km3/año (algo irreal en términos ecológicos, pese a los estudios que el economista cita en su carta, que mas que estudios son “reportes”, pues no han sido publicados en revistas científicas indexadas, hasta donde yo sé). Sin embargo, en el sitio web del proponente se habla de un volumen cercano a los 100 m3/s, es decir, 3.15 km3/año (aún sobre la media mundial). Similarmente, la distancia lineal en proyectos ya construidos alrededor del mundo va entre 400 m a 2.820 km (este último en Libia), con una media mundial de sólo 358 km (el proyecto propuesto por el señor Bogliolo supera los dos mil km, posicionándonos dentro de los más extensos que existen hasta el momento).

Entre los precios de construcción, lejos los más costosos son los proyectos “California Water Fix and Eco Restore” (US$479 millones por km lineal), la divergencia del río Acheloos en Grecia (US$339 millones por km lineal) y el proyecto Toshca en Egipto (US$290 millones por km lineal). Como todos los casos expuestos anteriormente, la media mundial es probablemente mucho menor, aunque en general los costos por km lineal construido dependen de la naturaleza de cada proyecto (canal superficial, entubamiento subterráneo, etc.). El proyecto que el señor Bogliolo propone no tiene un costo preciso definido, pues este varía entre US$10 mil y US$15 mil millones (aunque en otras declaraciones/publicaciones estos montos han variado), es decir entre US$5 y US$7.5 millones por km lineal. Pese a que no soy economista como el señor Bogliolo, sino hidrólogo y científico, estoy muy enterado de que un problema frecuente y documentado en este tipo de megaproyectos de transporte hídrico es la subestimación de los costos, siendo un claro ejemplo el Central Arizona Project, un canal superficial de 541 km que se comenzó a construir en la década de 1970, se concluyó en 1992, y que hoy en día se sigue pagando la deuda, lo cual ha traído controversias sobre si realmente valió la pena desarrollar tal colosal inversión (Sternberg, 2016). Pero más importante aún es que en general los costos aumentan durante la construcción de los megaproyectos, como es el famoso caso del proyecto de irrigación de Sao Francisco (Brasil), el cual ha incrementado sus costos desde US$4.5 mil millones (cotización inicial) a más de US$10 mil millones (Roman, 2017).

Además de los altísimos costos financieros relacionados con la construcción de este megaproyecto, también se deben considerar otros tipos de costos. De hecho, el mayor conflicto de este controversial proyecto está representado por variables ecológicas, técnicas y sociales. Ecológicamente, ya se ha hablado bastante de las atroces consecuencias que dicho entubamiento causaría en los ríos donantes (efectos en los ecosistemas costeros y ribereños) y en las cuencas de recepción (esto último debido al transporte de contaminantes e introducción de especies). El aporte a la productividad de las aguas fluviales en la zona costera en cuestión ya ha sido evaluado (e.g. Yévenes et al., 2018; Vargas et al., 2020) y los estudios concluyen que dichos volúmenes, por pequeños que sean, son fundamentales para la biodiversidad costera.

Desde el punto de vista técnico, se deben considerar las incertidumbres y amenazas relacionadas con el cambio climático. En efecto, los estudios indican que la megasequía que hemos presenciado durante la última década se atribuye 50% a un proceso interdecadal oceánico, mientras que la otra mitad es causa antrópica, la cual continuará agravándose (Boisier et al., 2016). En otras palabras, pese a que la lluvia podría recuperarse en la zona de extracción, en el largo plazo las precipitaciones probablemente continuarán en declive. Así, las precipitaciones en la zona sur continúan disminuyendo y los glaciares siguen derritiéndose, lo cual nos hace dudar el éxito de un megaproyecto que dependa únicamente del agua de cuatro ríos que estarían abasteciendo el caudal de este acueducto submarino. Solo por dar un ejemplo (según estudios de la Universidad de Chile), el déficit de precipitaciones en las cuencas del Maule, Ñuble, Biobío y La Araucanía desde 1981 es de 52, 34, 41 y 36%, respectivamente.

El río Maule (uno de los puntos de extracción del megaproyecto), por ejemplo, ha disminuido sus caudales en 57%, sin mencionar que gran parte de nuestros embalses se encuentra en un estado crítico. Todo esto nos hace darnos cuenta (como hidrólogos, no como economistas) que en Chile ya no podemos darnos el lujo de seguir dependiendo de nuestros ríos o acuíferos para abastecer nuestras inmensas necesidades agrícolas, industriales, municipales e incluso ambientales, en el largo plazo. Una vez que los glaciares desaparezcan y los déficits de lluvia lleguen a un punto crítico, los ríos, embalses y acuíferos ya no serán opción (esto sin considerar que el consumo local continuará en ascenso, como ha ocurrido indiscriminadamente en las últimas décadas).

De igual modo, tal como se hace con la electricidad, estar “conectados” hídricamente como país suena hermoso, pero en la realidad es un riesgo, pues cualquier problema o falla que se presente en el acueducto suspendería indefinidamente el abastecimiento de agua en la mitad más productiva del territorio nacional continental, lo cual traería consecuencias económicas y sociales catastróficas. Finalmente, se debe tener especial cuidado con el hecho de que irrigar tanto en zonas desérticas conlleva a la salinización de suelos, una de las principales causas de la desertificación y un fenómeno bastante común (e.g. Garcia-Chevesich, 2016; Castro y dos Santos, 2020).

En términos sociales, los megaproyectos de transporte hídrico crean empleos (como cualquier otro proyecto), pero al mismo tiempo se producen nuevas desigualdades entre los que pueden y no pueden tener acceso al agua, empeorando la situación en la que estamos como país. De igual forma, se limita el uso del agua en las cuencas donantes, en donde independientemente de cuánto disminuyan los caudales a través de las décadas, están comprometidas a donar un volumen fijo (que hoy puede que sea 5% o menos, pero en unos años más podría ser 50% o más). Adicionalmente, se ha demostrado que este tipo de megaproyectos no contribuyen a la eficiencia hídrica sino muy por el contrario, sirven para incrementar las superficies de cultivo y con esto acrecientan la dependencia de fuentes de agua externas en los nuevos territorios agrícolas, haciéndolos más vulnerables ante una catástrofe o falla del megaproyecto, como ya se mencionó. Similarmente, la experiencia internacional nos indica que cuando se lleva agua desde un lugar en donde el recurso “abunda” hacia un lugar en donde es escaso, finalmente se termina con dos desiertos en el largo plazo, sobre todo considerando las proyecciones climáticas en Chile.

En resumen, pese a todas sus ventajas, invertir tal colosal cantidad de dinero en un megaproyecto que causaría tantos daños y que acarrea tanta incertidumbre, nos hace concluir que la mejor opción estratégica de importación de agua para Chile es la desalación. Aquí no se trata de igualar volúmenes, ni comparar costos y ni energía por m3, pues la importación de agua probablemente no se justificará en todas las cuencas, sino sólo en algunas (si se gestiona bien el recurso dentro del territorio), y por una fracción del costo que representa el acueducto en cuestión. Al respecto, muchos argumentan que la desalación destruye ecosistemas marinos, lo cual es muy cierto. De hecho, los efectos nocivos de la “salmuera” (i.e. residuo del proceso que no es más que agua con más concentración salina) en las zonas costeras se han documentado desde hace décadas (e.g. Al Muyaz, 1991), esto debido a que dicho residuo se vierte directamente en las costas (en donde la mayoría de las plantas desaladoras se encuentran), afectando significativamente la salinidad en las bahías y los ecosistemas marinos en general. Sin embargo, nuevas técnicas ya se utilizan en varios países, las cuales minimizan el daño ambiental.

Según estudios recientes (e.g. Kress et al., 2020; Kenigsberg et al., 2020; Grossowicz et al., 2020), cuando se vierte la salmuera lejos de la costa (varios kilómetros), la concentración de sal con respecto a sus alrededores se iguala a cierta distancia del lugar de descarga. Este efecto es aún menor si la salmuera se vierte en una corriente marina, que para el caso de Chile sería la corriente de Humboldt, la cual ha estado perdiendo salinidad debido a un incremento en las tasas de derretimiento de los glaciares antárticos, trayendo consecuencias en los ecosistemas marinos (e.g. Durack et al., 2012). Por ende, aquí tenemos una gran oportunidad de devolverle la sal a Humboldt a través de la desalación, que hoy en día pueden funcionar con energía solar solamente, lo cual abastecería gradualmente las necesidades de importación de las cuencas pertinentes, en forma rápida y a un precio muchísimo menor (que cada año disminuye más tras la aparición de nuevas tecnologías), como se está haciendo en más de 40 países. ¿Cuántas plantas desaladoras, con qué volúmenes de producción y dónde instalarlas?, eso requiere de más estudios, pues la idea es devolverle el déficit de sal a la corriente de Humboldt y no más que eso; pero considerando las tasas actuales de derretimiento del hielo antártico, aunque instalemos mil desaladoras (número ficticio), probablemente no alcancemos los niveles preindustriales de salinidad de Humboldt.

Considerando lo anteriormente expuesto y en base a la experiencia internacional, las necesidades del país, los efectos del calentamiento global, las estrategias de gestión del agua descritas en mi carta anterior que no justifican el transporte de tanta agua, y las tecnologías de última generación en la industria desaladora, el megaproyecto del señor Bogliolo no es recomendable como solución a los problemas de abastecimiento que enfrenta y seguirá enfrentando Chile, desde un punto de vista científico. Sin embargo, puesto que el señor Bogliolo seguirá argumentando en defensa de su iniciativa y que esta es mi primera y última respuesta en esta interesante discusión, el llamado es para los académicos nacionales que se especializan en distintas áreas de la ciencia, a que se organicen y expresen su opinión al respecto. Siendo el agua ya un tema de seguridad nacional, es crucial darle la relevancia que se merece y tomar decisiones estratégicas hoy (basadas en la ciencia), o de lo contrario nuestros hijos sufrirán las consecuencias.

Con mucho respeto y para todo Chile,

Pablo A. Garcia-Chevesich, Ph. D.
Hidrólogo